
No le importa el color de unos y de otros, porque, como siempre, cada cuatro años, las mismas sombras mortecinas se encaraman en sus tribunas de vuelta a la rutina. ‹‹Cuatro años de libertad››, se dice, porque después de tantos engaños, la urna se ha convertido para él en una obligación, o mejor dicho, en una carga.
Aún así va. Se levanta por la mañana, temprano, con fingido entusiasmo. Desayuna mientras lee el periódico del día anterior buscando algún detalle, una señal, por mínima que sea, que le diga que este año no se está equivocando.
Cruza el umbral y siente el olor a rancio. Corre la cortina. Introduce en cada sobre varias papeletas de sus partidos favoritos y escribe obscenidades sobre ellas. Le da igual el color, sepia o blanco, él se explaya. Chupa, ‹‹votó›› y se marcha.
Que conste que yo he votado por correo.
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