Este año, como cada uno de los anteriores, vuelvo a casa por Semana Santa, y es que para vivirla como se vive en Zamora hay que ser o sentirse zamorano. Y no estoy utilizando un argumento provinciano sino que es que es cierto que no hay Semana Santa como la que nosotros vivimos (y ahora si que cargo la frase de orgullo patrio). Por estas tierras, los que disfrutan de estos días (o al menos la mayoría) dejan de lado ciertas cuestiones conflictivas y la ciudad se vuelca en el patrimonio cultural que aúna arquitectura, escultura y tradición (sin ningún tipo de sentido peyorativo). Y es que estos días las calles se visten de fiesta y por ellas se tropiezan jóvenes y mayores, todos unidos por una vez al año, gracias a un mismo sentimiento que despierta a la ciudad dormida de su letargo.
Y como no puedo explicarlo mejor, os dejo el prólogo que escribí el año pasado para el itinerario "Caminos de Pasión" que cada año ilustra J. Pascual con sus fotografías.
"Sentimiento zamorano"
Cuando el frío helado cede parte de su protagonismo al olor a almendras garrapiñadas y los niños juegan a ser cofrades a lo largo de Santa Clara, Zamora se viste de Semana Santa. Es entonces cuando el puente de piedra luce su mejor cara y las bravas aguas del Duero, que amenazan con colarse a través de sus ojos, arrastran el sonido del Barandales.
Decenas de zamoranos cruzan la Rúa mirando al cielo en silencio, haciendo su propio juramento con tal de que durante unos días ni llueva, ni nieve, ni granice. Cientos de agujas dan los últimos pespuntes a los rasos y los terciopelos, las tijeras cortan patrones y telas y de fondo suenan los tambores.
Todo debe de estar a punto para que el Jueves de Dolores, el Nazareno cruce el río llevado sobre varios pares de zapatos negros impolutos al ritmo de los pentagramas de Ricardo Dorado o de Cerveró Alemany; para que se honre y recuerde a los hermanos difuntos; para que cientos de palmas atraviesen la ciudad engalanada de domingo; para que las verjas de la Catedral den cobijo a una marea de cofrades blancos y en los muros reboten cánticos de voces penetrantes.

Será entonces cuando el vello de los zamoranos se erice al escuchar los primeros compases de la marcha de Thalberg, o del Mater Mea, o del Cristo de la sangre... cuando los corazones se encojan sobrecogidos por el rítmico sonido de los tambores, del golpear de los hachones y las varas contra el suelo, de las campanas, de las cornetas...
Todo preparado para que Santa Lucía se ilumine de teas ardientes alimentadas por el eco del Jerusalem; para que Olivares se inunde del lamento del bombardino; para que el Merlú rompa la madrugada, los pasos hagan sus reverencias y las banderas de las cofradías se envaren en la fachada del Ayuntamiento ante el baile del Cinco de Copas.
Los cascos de los caballos golpearán el interior de la ciudad amurallada; los pequeños abrirán sus ojos como platos ante la marcha de los pasos; los mayores se emocionarán frente a las imágenes, y por las calles, poco a poco, se propagará un silencio absoluto.
Solo los aplausos romperán ese silencio para dar el último empuje a los cargadores a las puertas del Museo; las Siete Palabras resonarán por las calles y el Miserere sesgará la noche despertando a Viriato de su letargo.
Zamora se llenará de vida para recordar a la muerte, pero cuando el manto caiga, la fiesta y los disparos resonarán temprano en la ciudad nuevamente engalanada de domingo; la Semana Santa zamorana se vivirá antes, después y durante. Tarde o temprano volverán las agujas y los pespuntes para preparar un nuevo año. Un año que será único como todos y cada uno de los anteriores y que todos viviremos con intensidad pues nuestra Semana Santa no es solo tradición, cultura o sentimiento cristiano, es, ante todo, un sentimiento zamorano.
Marcos Antón
Y como no puedo explicarlo mejor, os dejo el prólogo que escribí el año pasado para el itinerario "Caminos de Pasión" que cada año ilustra J. Pascual con sus fotografías.
"Sentimiento zamorano"
Cuando el frío helado cede parte de su protagonismo al olor a almendras garrapiñadas y los niños juegan a ser cofrades a lo largo de Santa Clara, Zamora se viste de Semana Santa. Es entonces cuando el puente de piedra luce su mejor cara y las bravas aguas del Duero, que amenazan con colarse a través de sus ojos, arrastran el sonido del Barandales.
Decenas de zamoranos cruzan la Rúa mirando al cielo en silencio, haciendo su propio juramento con tal de que durante unos días ni llueva, ni nieve, ni granice. Cientos de agujas dan los últimos pespuntes a los rasos y los terciopelos, las tijeras cortan patrones y telas y de fondo suenan los tambores.
Todo debe de estar a punto para que el Jueves de Dolores, el Nazareno cruce el río llevado sobre varios pares de zapatos negros impolutos al ritmo de los pentagramas de Ricardo Dorado o de Cerveró Alemany; para que se honre y recuerde a los hermanos difuntos; para que cientos de palmas atraviesen la ciudad engalanada de domingo; para que las verjas de la Catedral den cobijo a una marea de cofrades blancos y en los muros reboten cánticos de voces penetrantes.

Será entonces cuando el vello de los zamoranos se erice al escuchar los primeros compases de la marcha de Thalberg, o del Mater Mea, o del Cristo de la sangre... cuando los corazones se encojan sobrecogidos por el rítmico sonido de los tambores, del golpear de los hachones y las varas contra el suelo, de las campanas, de las cornetas...
Todo preparado para que Santa Lucía se ilumine de teas ardientes alimentadas por el eco del Jerusalem; para que Olivares se inunde del lamento del bombardino; para que el Merlú rompa la madrugada, los pasos hagan sus reverencias y las banderas de las cofradías se envaren en la fachada del Ayuntamiento ante el baile del Cinco de Copas.
Los cascos de los caballos golpearán el interior de la ciudad amurallada; los pequeños abrirán sus ojos como platos ante la marcha de los pasos; los mayores se emocionarán frente a las imágenes, y por las calles, poco a poco, se propagará un silencio absoluto.
Solo los aplausos romperán ese silencio para dar el último empuje a los cargadores a las puertas del Museo; las Siete Palabras resonarán por las calles y el Miserere sesgará la noche despertando a Viriato de su letargo.
Zamora se llenará de vida para recordar a la muerte, pero cuando el manto caiga, la fiesta y los disparos resonarán temprano en la ciudad nuevamente engalanada de domingo; la Semana Santa zamorana se vivirá antes, después y durante. Tarde o temprano volverán las agujas y los pespuntes para preparar un nuevo año. Un año que será único como todos y cada uno de los anteriores y que todos viviremos con intensidad pues nuestra Semana Santa no es solo tradición, cultura o sentimiento cristiano, es, ante todo, un sentimiento zamorano.
Marcos Antón
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